RYOJI IKEDA: LA EXPERIENCIA DEL INFINITO

por Sergio Barón

En una entrevista del 2011 para The Observer, una de las pocas que ha dado a lo largo de su carrera, Ryoji Ikeda recomienda lo siguiente: “Artistas; es mejor no decir absolutamente nada”. Aunque obligado a responder las preguntas de algunos periodistas, Ikeda ha manifestado en varias ocasiones su reticencia a dar pistas para la lectura de su obra. Es una negación manifiesta a guiar la atención del público hacia algún concepto en particular. Él mismo se ha referido a su obra como “práctica, no conceptual”; toda interpretación es posible, válida. Esto se debe a que Ikeda apela al cuerpo del observador, a la conjunción de todo lo que este puede abarcar en una convulsionada era de la información. En su obra emana un océano de todo lo que ha sido dateado por el hombre, de todo lo que se ha podido rastrear y localizar en el universo. Una ola gigantesca de información sensitiva compuesta (u originada) de bits, de fotones, de partículas. Y si algo puede decirse con certeza de su obra es que su interpretación será siempre rotundamente subjetiva, como rotunda es la unicidad el cuerpo sensorial del observador que se sumerge en ella. Por lo tanto, podemos decir que nada de lo que a continuación se redacta es definitivo o preciso; puede resultar incluso fútil. Lo que nos interesa es dar testimonio de la monumental experiencia de su obra con el motivo de su reciente visita a Bogotá y de la presentación de Superposition, una de sus últimas creaciones.

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Superposition se inspira en los fundamentos de la física cuántica, en el entendimiento de la naturaleza desde una escala atómica y el análisis de las partículas elementales que componen el universo. Desde su formulación la mecánica cuántica ha planteado cuestiones que siguen sin resolverse. Una de ellas es la violación del principio de localización de las partículas. Al ser observadas o medidas a escala atómica, algunas partículas resultan ser impredecibles. Tan pronto como se determina su posición en el espacio esta cambia sustancialmente, por lo que es imposible formular una medida exacta y, en cambio, el resultado debe basarse en probabilidades. El mismo Einstein llamó a esta cualidad de la física cuántica un “sin sentido”. Superposition se alimenta de esta absoluta imposibilidad de la naturaleza atómica para hallar una posición determinada de las partículas,  además de la aleatoriedad que implican muchos de estos procesos. Se inspira también en el flujo de datos informáticos, en la matemática como forma de comprender y justificar la naturaleza. Los elementos con los que Ikeda construye sus obras suelen ser el resultado de la conversión de flujos de datos cibernéticos en información sonora y visual. Son composiciones donde aparece el bit en su forma más pura y elemental, ondas sinusoidales básicas, el sonido electrónico en su absoluta desnudez, torrentes numéricos en pantalla, textos que se superponen y se vuelven ilegibles: imagen y sonido se disuelven en una gran ola sensorial.

En este caso dos intérpretes se sientan en los extremos de una gran mesa, que a su vez se ubica sobre un pedestal que ocupa todo el escenario. Ellos son a la vez observadores, actores y conductores de esta obra. La presencia de los dos – un hombre y una mujer, ambos trabajando y elaborando distintas acciones por separado, ajenos a lo que hace el otro, como si ejecutaran versiones distintas de la misma obra – sedimenta la fragmentación que atraviesa toda la pieza. Una fragmentación que determina también la presencia de múltiples pantallas y focos de atención en el escenario. Ikeda distribuye el espacio como una pirámide: una pantalla inmensa que en ocasiones se parte a la mitad, dos artistas delante de ella, 10 monitores distribuidos horizontalmente bajo ellos, 10 monitores aún más pequeños debajo de los anteriores. Es una fragmentación abrumadora pues cada pantalla es independiente y todos los elementos (imagen, sonido, comportamiento humano, flujo de datos) se superponen.

La pura materia de la información, transformada en flujos numéricos, en puntos cartográficos vacíos, en una serie de bits incesante, se introduce en el cuerpo como una serie de electrochoques, como relámpagos de pura intensidad provenientes de este mega-aparato ingeniado por Itake. Son todas sensaciones inaprensibles. El vértigo con el que imágenes y sonidos aparecen y se multiplican hace que todo se vuelva un gran borrón sensorial del que es imposible aprehender ninguna imagen concreta, ningún mensaje, ningún concepto posible. Mientras vemos la obra solo podemos pensar en multiplicación y proliferación, en división infinita. Cada elemento es una partícula que se descompone en más partículas, una sucesión de fragmentaciones perpetuas. La experiencia de Superposition se vuelve así en la pura experiencia del instante presente.

Es por esto mismo que surge una inmensa dificultad para hablar de esta obra. No se puede describir a cabalidad, con justicia, la experiencia de una obra enteramente sobre el presente. Ikeda se agota en las palabras, en el lenguaje. Él mismo aspira a crear un lenguaje aparte, nuevo, absolutamente suyo. Hay que aceptar el hecho de que forzosamente estamos pasando algo por alto, de que estamos ante la presencia de algo demasiado intrincado y multipolar. Ikeda se apropia de esa sensación de imposibilidad, determinada por la desterritorialización de las partículas subatómicas, para trasladarla a una pantalla de video quebrantada, deslocalizada, y a una pista sonora que raya en el límite de lo audible.  La dificultad se manifiesta también a la hora de clasificar a Superposition como evento o espectáculo: ¿es un concierto de música electrónica? ¿Un performance en vivo? ¿La proyección de una pieza visual en un teatro? ¿Una instalación multi-canal?… Es todo esto a la vez.

Por otro lado, Ikeda hace una aguda y tenaz anotación sobre la violencia de lo digital en el mundo contemporáneo, sobre la proliferación de múltiples pantallas que distribuyen nuestra atención de forma caótica, sobre la apabullante y actual relevancia de los sucesos que se registran en vivo (en un momento los movimientos de las manos de los intérpretes son registrados en vivo y proyectados sobre la pantalla principal). Pero, como hemos aclarado anteriormente, esto son diatribas que dan cuenta de nuestra experiencia frente a la obra. Hay algo más que puede adjudicar algún tipo de consenso frente a esta y todas las obras de Itake: la sensación de que estamos ante la presencia de algo mucho más grande que nosotros. La presencia del monolito de la información digital que rige nuestros días. La presencia de una vastedad sin forma a la que Itake ha dado cuerpo. Una vastedad que crece exponencialmente, que se engrosa de forma imparable y que parece fuera de control: una vastedad sin fin. Superposition es entonces la experiencia del infinito.

 

Publicado por encarrete

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