por sergio barón
Pambelé, el más reciente estreno de RCN, comienza con lo que debería ser su clímax: la consecución del primer título mundial de Antonio Cervantes ante el panameño Pepermint Frazer en 1972. El primer capítulo gira entorno a este suceso y es el pistoletazo de salida que nos introduce en el retrato televisivo del mayor boxeador en la historia de este país. Este es, por lo tanto, un producto más en esa nefasta serie de telenovelas basadas en las vidas de íconos populares colombianos. Kid Pambelé es el personaje idóneo para este tipo de propuestas. En él se conjugan los dos extremos de nuestros fetiches y fobias: el éxito desmedido y la miseria más atroz. Es el típico personaje del que nos gusta hablar, al que nos gusta juzgar y alabar por igual. No podemos hablar únicamente de sus triunfos pues estos acarrean consigo la mancha de las drogas, el alcohol, los excesos, la pobreza, el escándalo. Los creadores de esta telenovela parecen tenerlo en mente. Torpemente van apareciendo insertos del pasado de Cervantes mientras este enfrenta la pelea de su vida en el cuadrilátero. Lo vemos como un niño explotado laboralmente, descalzo en las calles sin pavimentar de su pueblo. Luego lo veremos rebuscándose, yendo a la cárcel por un crimen menor, enfrentándose a las injusticias sociales de su contexto. Es una necesidad obsesiva por constatar la pobreza del ícono, las tragedias de su vida. Debe quedar claro de entrada que este que lucha por un título mundial de boxeo fue alguna vez un niño pobre, sin nada. Alguien que, incluso en el triunfo, no puede desprenderse de su pobreza, la cual arrastra consigo como un tatuaje o como una cicatriz.
Este tipo de shows explotan ese orgullo hipócrita que nosotros llamamos patriotismo. Tan pronto como Cervantes gana el título aparece de forma inexplicable – pues no se nos han dado indicios de su presencia en el lugar hasta el momento – un grupo de tamboras tocando cumbia y llevando banderas colombianas para celebrar la victoria. El resultado es una representación fácil de una tradición cultural perdida que ya nadie entiende realmente pero que todos asumen como suya. La televisión privada inundó sus parrillas de programación con estos contenidos (“series” como las llaman) que no son más que réplicas del formato melodramático de las telenovelas. Es así como se ha explotado la imagen de ídolos populares como Diomedes Díaz, Marbelle, El Joe, las hermanitas Calle o Helenita Vargas. Sus vidas son fácilmente adaptables a este tipo de formatos que narran una tradición de lo pobre en nuestro país. En ellas se encarna nuestro ADN, nuestra verdadera identidad: la lucha de clases. Es lo que vemos en cada contenido televisivo, en cada emisión de los noticieros. El pobre que con su nobleza desinteresada quiere salir adelante y se vuelve héroe para los demás. El pobre que le “está poniendo el alma” y que debe enfrentarse al mundo que lo quiere ver caer. El rico que se humilla a sí mismo apareciendo borracho en público. El rico que comete los peores vejámenes posibles y cuyos crímenes adquieren visibilidad en la medida en que su fama influye en los medios. Es la reproducción perpetua, el ciclo sin fin, del clasismo que nos identifica.
Contra los códigos televisivos no hay mucho que hacer. Aceptar la derrota sabiendo que en la mente de los programadores están fijadas unas metas de consumo que deben ser colmadas, lo que restringe el margen de maniobra para la creación de contenidos. Habría que, por lo menos, equilibrar la balanza temática de estas novelas. Asumir el clasismo como nuestra verdadera identidad, como slogan nacional. Ubicarnos ahora desde el bando de la oligarquía. Endulzar aún más ese gusto por la lucha de clases haciendo una narración de la riqueza. Hundirnos en esa miasma hasta donde sea posible. Lo canales privados deberían asumir el riesgo y hacer un ejercicio de constricción para decidirse a narrarse a sí mismos, a sus dueños. Por qué no hacer una telenovela, algo como una saga, sobre la familia Lleras, sobre los Santo Domingo, los Sarmiento, los Eder, sobre Rojas Pinilla o Carlos Ardila Lulle. Hacer telenovelas sobre la vida hedonista de la clase dirigente, sobre sus salvajadas, sus secretos. Explotar al máximo ese morbo que nos motiva cada día. El morbo por la celebridad y la fama, por el escándalo en el que ricos y pobres no se distinguen. Proponemos incluso abusar hasta el cansancio de esos nombres propios que nos sirven de ídolos y tiranos para enriquecer nuestra cultura de clases. Hace falta ver la telenovela sobre el payaso Bebé, la de Nairo, la de Rigo, la de Patricia Teherán, la de Elkín Díaz, la de la Gata, la de Andrés Felipe Arias, la de Tirofijo, la del hijo de Fernando Botero y el proceso 8.000, y la de tantas otras celebridades que alimentan nuestro morbo y nuestra plática de borrachos.
Por lo pronto, Pambelé se estrenó esta semana, tras un par de años en los que RCN no sabía qué hacer con este proyecto, con índices de audiencia mediocres. Ni siquiera en la ficción Antonio Cervantes podrá encontrar algún tipo de redención ante este país de morbosos y hienas que hemos creado una conciencia colectiva sobre su imagen. La imagen de un boxeador ejemplar que arrojó su carrera a la basura a cambio de excesos. La imagen de un desahuciado, de un pobre, que alguna vez fue el rey del mundo.