Ficciones de cuarentena
Por: Juan Sebastián Díaz
El virus nos ha puesto en jaque. Nuestro lugar como especie se ha quebrantado, delimitado, transformado. Lo que hasta hoy habíamos normalizado, los impulsos sociales, el contacto físico, la cercanía entre individuos, se ha limitado a su mínima expresión, como si fuéramos desconocidos: a la distancia. Puede que lo único que nos quede de estos momentos sean recuerdos de las imágenes y sonidos que nos dejan los 24 o 30 cuadros por segundos de archivos en dispositivos analógicos y digitales. «¿Recuerdas cómo era el mundo antes del virus?» pueden ser las palabras que escuchemos después de varias semanas o meses de confinamiento. Pondremos un casete, un dvd, abriremos un archivo en el computador, en el celular, observaremos y escucharemos con nostalgia. Tras el dispositivo, imágenes y sonidos de un pasado poco valorado y que ahora nos pone en un futuro distópico, absurdo y mediático.
Cada vez que encendemos nuestros dispositivos lo primero que encontramos es un número creciente de personas contagiadas. Pero en el confinamiento esto parece un mal menor. A pesar del dolor colectivo que nos provoca el caos económico y social, nos hemos encontrado con nosotros mismos. Nuestra parte más humana parece florecer a través del miedo. Empezamos a valorar nuestra salud física, nuestra salud mental, el hecho de estar vivos y la vida de quienes nos rodean, como si supiéramos cuál puede ser el desenlace mortífero de esta historia, como una premonición. Es la lucha en contra de una barbarie a la que preferimos acercarnos de a poquitos y no de tope.
Miramos al exterior, desde la ventana: un computador, un celular. El contacto se ha limitado a través de vitrinas que se materializan en los aparatos tecnológicos. Nos vendemos como productos digitales de rápido y fácil alcance. Las redes se han llenado de intentos por digitalizar nuestro trabajo: clases online, teletrabajo, streamings, «en vivos». Esto será lo que perdure en nuestro confinamiento y poco a poco lo iremos desarrollando como estilo de vida. La salida para muchos que somos privilegiados, que conocemos las tecnologías, que estamos listos para hacer el tránsito. Por supuesto no será la solución para todos. ¿Será entonces la extinción de una especie? Por lo menos, como la conocemos hasta ahora, sí. Surge como una mala ficción cinematográfica o como una nueva realidad propuesta por internet con su llegada.
Habíamos digitalizado todo (¡absolutamente todo!) pero nunca realmente a nosotros mismos. Ahora nuestros abrazos y besos serán digitales. Nuestra relaciones se habrán visto cruelmente transformadas y buscaremos revivirlas a través de una imagen, un sonido, un meme, un gif. Habrá que liberarnos de nosotros mismos, de nuestros propios pensamientos aún análogos, para distraer nuestra mente con entretenimiento digital-basura fácilmente consumible y desechable, como este escrito. Lo encontramos en redes, publicado por alguno de nuestros contactos, en una página, en un grupo o en búsquedas procesadas por nuestros propios pensamientos en Google, Facebook o Instagram. Dejaremos nuestra vida como la conocíamos y digitalizaremos absolutamente todo, hasta nosotros mismos.
La reinvención es aún más inminente en momentos de crisis. No sabemos cuando acabará y no nos queda más que hacerle frente. El virus nos puede matar pero no nos puede destruir. Nuestros cuerpos se irán descomponiendo en el confinamiento y nuestra imagen digital en un próspero renacimiento.
Ha llegado la hora de desempolvarnos, de reinventarnos.
Queremos que hagas parte de esto. Envíanos un video sin edición (grabado en horizontal) a produccionesencarrete@gmail.com en el que nos muestres tu realidad en tiempos del coronavirus (sin diálogos). No importa tu profesión, si tienes conocimientos en medios audiovisuales o no, queremos conocer tu vida transformada por este fenómeno. En el correo escríbenos tu nombre y tan pronto acabe la crisis lo subiéremos a redes sociales como un cortometraje experimental de creación colectiva.
Entre todos podemos registrar este gran momento de cambio en nuestras vidas.
.