Ficciones de cuarentena
Parte II
Por: Juan Sebastián Díaz
Como lo hemos discutido en una anterior ficción, la forma en que vivimos se ha visto modificada por la llegada del coronavirus. Una intensa incertidumbre nos ha desvanecido y algunos de nosotros, quienes vivimos de “las artes” (si es que se puede vivir de esto), nos hemos encontrado en una posición de aparente inutilidad. Es en este lugar donde el artista se pregunta en mayor medida sobre sí mismo, sobre su función en un contexto apocalíptico o el lugar que ocuparía en una economía de guerra, como la llaman. Hay quien se pregunta: ¿para qué invertir en el arte o “la cultura” en un momento como este cuando existen prioridades verdaderamente importantes? Así he escuchado a más de uno por ahí en comentarios fugaces e infructuosos en Facebook. O a otros desesperados que ya no encuentran utilidad a su conocimiento. En su mayoría “artistas”, por supuesto; ese es el contexto en el que uno se mueve.
No nos podemos limitar a decir que nos hemos quedado sin caminos, porque si algo caracteriza a un artista es su capacidad de reinvención. Es en el encierro (uno no muy alejado del proceso creativo pre-pandemia), en el espacio reducido, donde deberían abundar las ideas y despertarse el espíritu creador. Es ahí, en ese lugar de desespero, donde el artista materializa su reinvención y sus ganas de suplir una necesidad en el público para luego hacer alarde de ella. En ese proceso es fácil caer en una mirada reducida de las exigencias de un contexto que necesita llenar los “vacíos” del aburrimiento y el tiempo muerto. Y si se mira en retrospectiva, ese es el rol que se le ha asignado desde tiempos inmemorables al artista, el de entretener y crear pasatiempos. Bajo esa lógica, vale la pena preguntarse: ¿qué debe hacer el artista en tiempos de coronavirus? Pues, llenar vacíos ajenos y combatir el aburrimiento de los demás. Decidimos ponernos en la tarea de transformar nuestra propuesta para llevarla a las redes y darle al público lo que desea. Instagram Live se ha vuelto la casa de los nuevos-reinventados-streamers-artistas quienes utilizan la plataforma como vitrina de su trabajo. Solo basta con entrar a Instagram para ver un sin número de “en vivos” que se nos ofrecen para escoger. Hay profesionales que nacieron con esa chispa, disfrutan haciéndolo y lo convierten en parte de su mirada creativa. Pero, tal vez, uno no es el tipo de persona que utiliza su obra para llenar “vacíos” ajenos.
Es posible que desde allí se esté forjando una nueva economía de consumo, y no sería de extrañar. Por lo pronto, Encarrete sigue en la penosa búsqueda de esa suerte iluminación que nos promete la nueva era post-coronavirus, pues como bien saben ustedes, nuestro trabajo se había forjado a partir del contacto directo con la comunidad, el desarrollo colaborativo con distintas poblaciones históricamente marginadas. Para nosotros, si no hay contacto, no hay obra. Tal vez nos mudemos a otras formas de contacto distante y digital y en ese proceso esperamos no perder el horizonte. Por lo pronto, hoy parecemos un instrumento más de esos que tanto abundan en internet.
Ahora sabemos que gran parte de la audiencia se ha mudado a redes sociales, posiblemente para encontrar algo mejor que ver o consumir. Por nuestra parte, hemos hecho lo mismo. Buscamos acercar las personas a los artistas visuales, a nuevos creadores, a nuevos cineastas. Hace dos semanas comenzamos una prueba piloto de Encarrete como plataforma de distribución a través de nuestras redes sociales. Allí hemos presentado Le parché de Alberto Ploquin y Anzoátegui de Bibiana Rojas. Esperamos contar con otros trabajos para seguir forjando esta comunidad.
Encarretate en un próximo blog.